La noche que jamás olvidaré

Esa noche nublada, esa noche fría que jamás olvidaré. Estabas en mi cama, sola y asustada esperando mi llegada, te movías desesperada. Caminabas de un lado a otro, mirabas tu reloj y yo afuera, mirando por la ventana te observaba, veía tu desesperación. Pero no quería entrar, no quería enfrentar lo que adentro me esperaba. Pasaron unos minutos, parecían horas, fueron eternos. Te miré nuevamente, olvidé por un instante nuestra frustración y encontré en ti la fuente de mi inspiración. Tuve que entrar, tenía que enfrentar…

Caminé con pasos pesados, entré a tu casa, la puerta estaba abierta, esperándome… entré a tu cuarto. Nos miramos fijamente, no salieron las palabras. Vi como tus ojos se llenaban rápidamente de lágrimas. Un nudo se formó en mi garganta impidiéndome hablar. Tú solo esperabas. Pacientemente me mirabas… Tomé tu mano, miraste hacia otro lado. Sentí tu tristeza, sabias lo que te diría. Intenté abrazarte pero te alejaste, sentí tu desprecio. Te sentaste en la cama, tus piernas no tenían fuerza. Me senté a tu lado, respiré profundo y salieron las palabras que estabas esperando…

“Tengo que prestar el servicio militar.” Te dije la voz temblorosa.

Las lágrimas empezaron a correr por tus mejillas incontrolablemente. Intentabas esconder tus lágrimas con tus manos pero eran muchas. Te levantaste, caminaste hacia el baño. Escuché que buscabas algo. Al minuto, saliste del baño y me miraste. Se notaba el dolor. Caminaste con un objeto rectangular en tus manos. Me lo entregaste sin decir una palabra. Una prueba de embarazo…positiva. Mis manos empezaron a temblar. Un sudor frío recorrió mi espalda. Fue inevitable llorar. El dolor me invadió el corazón. Tu mirada, llena de tristeza y frustración me envolvía. Solo pensaba en esa pequeña criatura que no podría conocer.

“¿Por qué no me lo dijiste antes?” Pregunté frustrado.

“La noticia es tan nueva para ti como lo es para mí…” Me respondiste agobiada.

Nos miramos, sin palabras nos observamos. No sabía qué decirte. Te abracé fuertemente. Sentí como llorabas. Tus lágrimas mojaban mi camisa. Suavemente te sobaba el cabello. Intenté tranquilizarte pero cada vez de agitabas más. No podía hacer nada…el dolor me consumía, no lo aguantaba. Tenía que irme, sentía que iba a vomitar…te besé, te abracé y salí del cuarto rápidamente. Salí de la casa y corrí, como si estuviera escapando…de ti, de nuestra realidad. Lloré. Lloré… Pensé en esa criatura…en mi hijo o tal vez ¿mi hija? No sabía qué hacer. El deber me llamaba pero el amor me frenaba. Yo te amaba y de inmediato, lo amaba a él o a ella, a esa pequeña e indefensa criatura que estaba creciendo en tu vientre…

Al llegar a mi casa, quería llamarte, quería escuchar tu dulce voz. Pero no tuve fuerzas para tomar el teléfono. Empecé a pensar en qué hacer, tenía que llamar a mi padre primero y tratar de convencerlo de que podría hacer algo para no prestar el servicio. Pero él estaría decepcionado. Como lo sabías, mi padre tuvo una gran carrera militar…su primer hijo, debía seguir sus pasos…tenía que hacerlo. Pero tú, tú eras más importante…debí decírtelo en ese momento…

. . .

Pasé la noche en vela, no podía dejar de pensar, sentía que me enloquecía. Cuando amaneció, decidí llamar a mi padre…pero necesitaba escuchar tu voz, necesitaba esa fuerza. Te llamé, no contestaste. Te llamé…te llamé… no apareciste.

Sentí frío. Corrí a tu casa, sentí miedo. Llegue, toqué la puerta, no abriste. ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste?

Tenía que entrar, corrí a la parte trasera de la casa. Una de las puertas estaba abierta. Entré, corrí, grité tu nombre. Subí las escaleras, la puerta de tu cuarto estaba cerrada con seguro, algo que nunca hacías. La golpee fuertemente, una y otra vez. Se abrió, entré, tu ropa en el suelo, la puerta del baño abierta, entré…

Te vi…lloré…grité…no podía moverme…

Sangre…agua…más sangre…Agua y sangre. Tus ojos todavía abiertos, tu cuerpo desnudo…

Con las piernas temblorosas caminé hacia ti y abracé tu cuerpo frío. Te dije que todo estaría bien, te lo repetí muchas veces, te lo grité, te lo susurré a tus oídos…muertos. Te saqué de la tina. Te envolví en una toalla que encontré. Te besé, agite tu cuerpo, lloré… Te dije que me quedaría, que tendríamos nuestro bebé, que estaríamos juntos, que te amaba, QUE TE AMO, TE AMO, TE AMO… No me escuchaste, no podías escucharme…estabas muerta…

Mis manos temblaban, tomé mi celular y llamé a emergencias. Dijeron que llegarían pronto…esperé, no te solté. Lloré…

Llegaron, nos observaron con horror. Te intentaron levantar, pero no te quería soltar, no podría soltarte, no quería dejarte, no quería dejarlos, a ti…a mi bebé…pero tenía que hacerlo, te solté.

En el hospital, todos me observaban, algunos con horror, otros con intriga y dolor. Estaba cubierto de tu sangre y agua de la tina…caminaba como en una nube, llegue a pensar que no era real…deseaba que no lo fuera. Mi rostro no demostraba ninguna emoción, estaba pálido, mi mirada perdida, sin vida…

A lo lejos, vi cómo se acercaba el doctor. Mi corazón empezó a latir fuertemente, mis manos temblaban y mi garganta se cerraba. Se acercó, con una mirada de tristeza, me dijo lo que ya sabía desde que te vi en la tina. Estabas muerta, estaban muertos…me dijo lo que hiciste o por lo menos, lo que intentaste hacer…Lo intentaste expulsar de tu cuerpo, pero te desangraste… ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué no me esperaste?

Mi corazón se hundió en mi estómago, parte de mí también murió. Me culpé, me culpo. Fue mi culpa. No estuve ahí cuando me necesitabas…te dejé sola…y así te fuiste, sola…

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